sábado, 13 de agosto de 2011

CONTEMPLAR LA NATURALEZA


Pasear por la creación con los sentidos despiertos es una manera de experimentar quietud en la naturaleza dice Anselm Grun, enseñándonos que hay otras formas de encontrar sosiego en ella. Muchas personas ya tienen su rincón preferido en la naturaleza, en el parque o debajo de un árbol con el cual se identifican para contemplar el paisaje.
Algunos lugares desbordan una profunda paz interior. Cuando se acude a su lugar favorito se siente una profunda paz interior que nos lleva y nos da gozo pleno de la vida. El propio paisaje es pura ternura y paz. Igual si salimos fuera de la ciudad, al campo, y solo con contemplar los cultivos, sus caseríos, surge automáticamente en nosotros una sensación de seguridad y pertenencia, de ser acogidos y sostenidos por el poder de la naturaleza y poco a poco nos vamos arraigando a respetarle y protegerlo, ya que ellos nos entregan muchas vivencias y sabidurías para nuestro bienestar.

En ocasiones son lugares energéticos que hacen bien a las personas que lo visitan. Irradian algo muy determinado. No sabemos a qué se debe, pero son lugares que nos interpelan directamente, que nos transmiten la sensación de estar rodeados de algo más pode
roso que nosotros. Es interesante pasear por estos sitios que nos suscitan un sentimiento intenso, ya que pertenece al ámbito de lo inefable, es decir que no podemos explicar con palabras lo que nos sucede. Se adueña de todo nuestro ser, desencadenando una impresión sutil, misteriosa. ¿Pero de que se trata este fenómeno? Son las fuerzas abrumadoras de la naturaleza, allí está presente el alma de la naturaleza que se funde con nosotros. Es una evocación de la historia, está allí el espíritu de un lugar más elevado y tales momentos quedan grabados en el recuerdo como un estado de excepción, como percepciones no tanto de otra realidad cuanto del invisible misterio de la realidad. Son momentos de intensa plenitud.

En el bosque


Desde tiempos inmemoriales, el bosque ha influido de forma distintiva en las personas. El bosque nos infunde la sensación de estar protegidos. En los sueños, representa el inconsciente. Cuando nos hallamos dentro de un bosque entramos en contacto con ámbitos de nuestro inconsciente que, de otro modo, no percibiríamos. El tipo de bosque no carece de influencia en nuestra sensibilidad. Algunos árboles como el eucalipto nos da la sensación de una fragancia que nos penetra hasta lo más profundo, otros árboles por su corpulencia nos hacen partícipes de la fuerza que ellos poseen. Pero el bosque, sea cual sea, siempre nos lleva a sentirnos protegidos, siempre nos permiten participar en su misterio, en su quietud, pero también en su profundidad y extensión.

Lo que cada cual experimente en su lugar de quietud depende de las vivencias de la infancia. Donde de niño experimentará sosiego. Allí lo experimentará también de adulto. Cuantas veces nos viene al recuerdo las vacaciones escolares cuando nos llevaban a pasar en el campo, recogiendo frutas silvestres, bañándonos de los ríos, gozando de la calma que nos brindaban los bosques, nos sentíamos protegidos y volvíamos más fuertes con esa calma veraniega que nos envolvía y nos fortalecía para continuar los estudios. Y así los que hemos tenido la suerte de experimentar el sosiego de los bosques siempre surge al interior de nosotros ese gran anhelo de volver a sentir, a experimentar esas quietudes, a percibir la serenidad en nuestro yo interno en medio de las turbulencias de la vida. Todo ello nos deja marcado para siempre y muchas veces hallándonos lejos de los bosques de nuestra infancia, podemos retornar a ellos, tumbándonos en dondequiera que estuviésemos, cerramos los ojos y dirigimos nuestro espíritu a aquel bosque con el que estábamos familiarizado por las experiencias de antaño. Así volveremos a experimentar los sonidos, los olores, el misterio que encierra y veremos como ningún ruido nos molestará sintiendo en calma y envolviéndonos de felicidad y fascinación por la vida.

El agua

Para otros, lo relajante es sentarse a la orilla de un lago, de un río, en la playa del mar. Allí podemos pasar horas sentados escuchando
la sinfonía del agua que fluye serenamente. ¿Que tiene el agua que le hace tan sedante? Es tranquilizador por una parte, el fluir de un río, el murmullo de un pequeño arroyo interpela a los estratos más profundos del alma. Cuando nos sentamos a la orilla de un lago y lo contemplamos, entramos en contacto con nuestra alma. Por eso en los sueños, el agua suele ser la imagen del inconsciente. Al mirar el agua, al sentirlo con nuestros sentidos nos profundizamos en nuestra inconsciente y simbolizamos que nuestra vida no se ha secado.

Contemplar el movimiento del agua, el sonido que provoca, enseguida nos vien
e esa virtud sedante, nos produce fascinación de contemplar y establecemos asociaciones de promesas con la vida y de los frutos que daremos a la humanidad. Todo lo entumecido cobra vida, lo endurecido se ablanda y el agua, que oscila de aquí a allá nos transmite una sensación de protección. Nos invita a dejarnos sostener y acunar en ella. Tal vez nos recuerde el estado originario en el seno materno, donde también estábamos abrigados por el agua.
El agua es fascinante porque es blanda, flexible y tolerante. No tiene aristas pronunciadas. Por eso es un elemento de reconciliación. Aquí deviene literalmente tangible, al menos como sueño, lo que con tanta vehemencia se desea: la destrucción de los muros que nos separan de los demás. Una mirada al lago, al mar es una mirada a los lejanos horizontes de una fraternidad sin reservas. También podemos asociar con un sentimiento de buscar la profunda soledad. Eso podemos experimentar al ir a un solitario lago enclavado en las altas montañas, cuyos caminos de acceso sean difíciles para llegar. Así solos con el lago nos vendrán pensamientos en el que estamos siendo observados por un inquietante ojo de la naturaleza. Así viviremos junto a ese lago solitario nuestras propias experiencias y entraremos en contacto con la propia alma. El lago nos mira y nos hace abrir los ojos para que nos asomemos a la profundidad de nuestro ser y descubrir allí la esencia de nuestra alma. Es un idilio entre el lago y nosotros. Igualmente el mar ejerce en las personas una fascinación singular.

Podemos permanecer horas y horas sentados a la orilla sin cansarnos de contemplar la extensión y la fuerza del mar, en especial cuando hay tormentas las olas se levantan y luego rompen, produciéndose un espectáculo sublime al ver como el agua se agita, transmitiéndonos energías fabulosas. También al caminar por la playa y exponernos a los bramidos del mar, nos resulta relajante y sanador ya que somos participes de la infinitud.

Pero no solo el lago o el mar tienen un distintivo poder de fascinación, sino también el río. Cuando contemplamos el fluir del río, nos vienen a la mente ideas diversas, todo se relativiza, todo fluye, no podemos retener nada e igualmente los problemas se relativizan. Ante nuestros ojos continúa fluyendo y desvaneciéndose y cobramos conciencia de que el río que estamos contemplando lleva milenios fluyendo. Vemos su historia y como ha sobrevivido a ella. Fluye y fluye, sin embargo mantiene su misma personalidad, es el mismo, aunque sus aguas están en constante cambio, y eso nos deja una lección mostrándonos el misterio de nuestras vidas, de mi historia, ya que seguirá existiendo cuando muramos. Pero también es una promesa de que él nos impulsa hacia la meta, ya que pese a todos los obstáculos que encuentra llega a su meta, que es entregar generosamente su agua al mar. El fluir del río tiene en sí algo tranquilizador. Sosiega los sentimientos agitados. Alcanzamos la quietud y el flujo de las aguas que arrastran todo el lastre nos hace pensar que debemos arrancar de nosotros todos los problemas, pesares, inquietudes y sufrimientos para que el agua del olvido se lleve y así quedar purificados y ser amados incondicionalmente y así poder regresar a casa refrescados, depurados, renovados como el agua que fluye sin receso.

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